Iñaki Dubreuil Churruca: Con todo lo que está ocurriendo en el mundo, me dio por quitar el polvo a Los perros de la guerra, una novela de Frederick Forsyth que disecciona con precisión casi quirúrgica el negocio de la violencia y sus engranajes. Y allí reapareció una escena que hoy parece escrita para nosotros. Julie, una mujer ajena a la violencia, le pregunta a Cat Shannon ¿por qué ha de haber guerras?. Él, mercenario endurecido por conflictos africanos y revoluciones fallidas, responde sin adornos. No porque quiera herirla, sino porque no sabe mentir sobre lo que ha visto.
Le responde “Porque en este mundo solamente hay dos clases de seres: los rumiantes y los carniceros. Y son estos últimos los que triunfan, porque luchan para conseguirlo y devoran a quienes se les oponen. Los carniceros se convierten en potentados, y los potentados nunca están satisfechos, ya que deben seguir buscando incesantemente mayores cantidades de la moneda que adoran. En el mundo comunista esa moneda se llama poder; poder y más poder. En el mudo capitalista, esa moneda es el dinero; dinero y más dinero. En realidad, el dinero también es poder, y si es necesaria una guerra para conseguirlo, no se duda un instante en provocarla”.
Esa respuesta, que antes me pasaba casi desapercibida, hoy pesa más. Ucrania, Palestina, Irán… nada de esto es un accidente. La misma lógica, el mismo pulso oscuro: poder y dinero. Casi siempre unidos. Shannon lo sabía: la guerra no surge de repente, por arte de birbiloque. Y si uno mira el mundo desde esa lente, la épica de la guerra desaparece y asoman la sangrante y trágica herida en Palestina, el para algunos incomprensible mensaje armado en Irán o en Venezuela, las guerras africanas sin portadas, las guerrillas latinoamericanas que resurgen cuando creíamos haberlas dejado atrás, o incluso las recientes amenazas de EE. UU. hacia Cuba, que mantienen a la isla en una tensión calculada desde hace décadas. Y detrás de todo ello, casi siempre, un mismo patrón humano: dirigentes que viven lejos de las consecuencias de sus decisiones, instalados en una lógica de poder que convierte la guerra en herramienta y no en tragedia.
La respuesta de Shannon a Julie no consuela, pero explica. Porque nos recuerda que la guerra aparece o desaparece cuando existen incentivos para lo uno o para lo otro. Y en demasiados rincones del mundo, los incentivos para la guerra siguen vivos, mientras que los de la paz permanecen muchas veces ocultos y, al parecer, sin fuerza suficiente.
Y sin embargo, esos incentivos para la paz existen: el cansancio de los pueblos, la necesidad de estabilidad, el coste insoportable de la guerra, la presión internacional, la supervivencia política, el deseo de un futuro respirable. También la presión social, cuando la gente común muestra su oposición a la guerra o cuando la gente que entierra a los muertos y sostiene a los vivos decide que ya no quiere más Pero son fuerzas más discretas, tal vez más frágiles, y , en muchos casos, más lentas y difíciles de alinear. La guerra tiene promotores; la paz, jardineros. Y los jardineros trabajan despacio.
La guerra no debería existir. Pero existe. Y mientras no entendamos por qué, seguiremos preguntando como Julie, esperando una respuesta que no duela. El resto sigue siendo, por gracia o desgracia, cosa nuestra. El que quiera entender, que entienda. El que quiera hacer, que haga.